Por: Yuliana Negrete
Venimos a las universidades privadas por muchas razones,
especialmente porque la prensa amarillista colombiana nos ha llevado la idea de
que las públicas siempre están en paro. Ingresamos entonces a universidades
privadas que nos ofrecen como servicio el derecho a la educación superior en
unas supuestas mejores condiciones de calidad, pero, ¿qué pasa cuando no
encontramos esa calidad que buscábamos en un servicio privado? ¿Qué pasa cuando
nos sentimos tratados como en una universidad pública?
Al interior de las universidades privadas, sobre todo aquellas
universidades emergentes y de prestigio, padecemos los estudiantes violaciones
a nuestros derechos, pareciendo no tener defensa ante la mala prestación del
servicio educativo debido a las malas gestiones administrativas y si por
casualidad nos surge un cuestionamiento sobre la dicha gestión, la respuesta
macondiana de sus autoridades será: “Si no te gusta este restaurante, puedes
escoger otro de tu gusto”.
¿Qué es la educación
superior para Colombia? ¿Qué es
la educación superior para el mundo? ¿Qué les interesa a las universidades
privadas en Colombia? ¿Cuál es la finalidad de la universidad privada en
Colombia? Y, por otro lado, ¿Para qué el sentido de pertenencia que estos
mismos claustros universitarios procuran a través de cátedras universitarias e
himnos? ¿Para vender el servicio?
Me niego a pensar, aún en este mundo capitalista, que el interés de
una universidad privada sea lucrativa y que su finalidad sea suprimir el
pensamiento crítico. Me niego a pensar que la educación profesional es solo un
servicio destinado a asesinar este tipo
de pensamiento, me niego a pensarlo porque informo, entre otras cosas, que no
logró su cometido conmigo y por el contrario despertó en mí un sentido social
de mi profesión, el sentido de servir a la sociedad y de eso como de mi
formación académica e integral estoy
infinitamente agradecida y orgullosa.
Es claro, pues, que no se salvan las universidades privadas de los
fenómenos sociales colombianos: un sistema capitalista de producción, la economía mercantilista, la educación
superior profesional tomada como servicio y no como derecho, la gestión
administrativa controlada por partidos politicos y, en pocas palabras, la
corrupción. Precisamente estos fenómenos nos proporcionan a los estudiantes de
las universidades privadas un pensamiento crítico, una formación integral. Esta
universidad salvó mi vida y no dejaré que las gestiones administrativas nómadas
me convenzan de pensamientos contrarios a los de sus fundadores.
Hay dos orillas en la Universidad Libre de Barranquilla: Por un
lado los aprobantes, silentes e indiferentes a favor de la administración
incondicionalmente; y por el otro, la orilla difícil, la orilla de la
persecución, la orilla de lo justo, la orilla de aquellos que soñamos
ilusamente con hacer parte realmente de la universidad que, a través de una
cátedra unilibrista, nos sembró sentido de pertenencia. Aquellos que creemos en
la meritocracia, aquellos que no queremos criticar sino construir, aquellos que
queremos visibilizar las problemáticas y convertirnos en parte de su solución,
aquellos que estamos a favor de la institucionalidad y de la academia, aquellos
a quienes nos importa, más que un buen nombre universitario, una calidad de
formación profesional y social, acorde a la cantidad que pagamos.
Año tras año, ya después de cuatro, veo aun, con mucha tristeza,
que algunos de mis compañeros viajan de una orilla a la otra (siguiendo, por
supuesto, los principios de “El Príncipe” de Maquiavelo), todo por tomar un
sorbo del vino institucional a través de la representación estudiantil, o mejor
dicho, la farsa de representación estudiantil. No puedo más que referirme con
pesar al absurdo fenómeno electoral que
transcurre año tras año al interior de universidades privadas como la mía,
donde estudiantes –en formación ciudadana también– observan atónitos como con
su voto regalan becas, viajes, congresos, reconocimientos y privilegios a
estudiantes que comienzan a reproducir –como lo llama una gran amiga– “La Pequeña
Colombia” al interior de los claustros universitarios.
El gobierno estudiantil en mi universidad a lo largo de mi carrera
ha sido el palancazo para que algunos de mis compañeros interesados en los cargos políticos ingresen a logias y a
partidos. El gobierno estudiantil de mi universidad ha sido la oportunidad para
desperdiciar administrativamente recursos en sufragar elecciones de estudiantes
que, según los reglamentos unilibristas, no tienen la obligación de rendirnos
cuenta de su gestión, mientras que que se codean con las altas directivas. Estudiantes
que no nos garantizan el cumplimiento de sus planes de gobierno y, lo que es
peor, a quienes no podemos revocar de sus puestos si nos percatamos de que no representan
nuestros intereses, toda vez que no consagra el reglamento estudiantil más que
una sola causal absurda para la procedencia de esa figura electoral, pudiendo
entonces revocar mas fácilmente al Presidente de la República que a un representante
estudiantil en la Unilibre.
“Yo no te daré mi voto, yo no. Yo no te regalare una beca ni una
maestría. Yo no, yo ya me cansé.”
Así pues, yo no elegiré más representantes que no representen mis
intereses, velaré por salvar la representación estudiantil por verdaderos
líderes, aquellos que no tengan intereses personales, que no se vendan a la
administración, aquellos fuertes cuyo único respaldo sean las masas, que no se
conformen con becas, maestrías o empleos, aquellos que piensen en el país, en
la sociedad, en el ciudadano que se está formando en esta universidad, que
piensen en el ciudadano apático, el incrédulo e indiferente a los procesos
políticos que se forma siendo partícipe de esta cultura electoral, el ciudadano
que no vuelve a votar en el período electoral nacional ni local después de
haber fracasado en su elección en nuestra “Pequeña Colombia”.
Yo creo que hay verdaderos líderes, académicos y sociales,
personas con criterio, con formación personal, profesional e integral, grandes líderes que merecen nuestra
admiración, respeto y confianza, aquellos que no buscan protagonismo sino que
se lo ganan, aquellos que ven en nuestras sillas universitarias al ser humano y
no a los $5.000.000.00 que representan, aquellos que conocen realmente su
responsabilidad social y la ejecutan con dignidad y honestidad. Me opongo,
pues, al hecho de que en la universidad privada, así como en Colombia, quien
conozca sus derechos sea a quien le han sido violentados.
Por esa razón, invito a la comunidad unilibrista a no ser más
víctimas, a ser proyectores de la cultura de la transparencia, a informarnos de
nuestros derechos, a conocer los reglamentos, a luchar por reformarlos, a
seguir ejecutando acciones en pro de la universidad, alejando el sano debate
del ámbito interpersonal, en el diálogo académico, respetando y tolerando la
diferencia, prohibiendo el sectarismo tanto como la persecución. ¿Por qué todo
esto? Porque la educación superior en Colombia no es un servicio cualquiera, es
un servicio público en manos de particulares sobre los cuales el Gobierno Nacional
debe ejercer vigilancia especial y porque
además los profesionales formados integralmente consideramos que es un DERECHO
FUNDAMENTAL.
Rechazamos rotundamente la burocracia y los partidos políticos en
nuestra alma mater, que viva el debate académico e institucional, que viva la
voz de los estudiantes unidos por una causa justa en las universidades
privadas, al interior de las cuales los estudiantes también tenemos derechos. Convoco por eso a los
estudiantes de las universidades privadas
a unirnos por nuestros derechos, a desestigmatizar a las universidades
públicas, porque desde que aprendí que en una universidad privada tengo que
manifestarme y hacer paro de igual manera que en las públicas para solucionar
una problemática, entendí que lo que ha hecho la prensa amarillista es
alejarnos a los estudiantes de universidades privadas de las públicas para
tratarnos como usuarios de un servicio y no como titulares de un derecho.
Unidos somos más, la universidad pública o privada es, ante todo,
Universidad, es educación superior, es más que un servicio público, ES UN
DERECHO FUNDAMENTAL.
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